Todas las oraciones Oraciones a los santos
Los Santos son criaturas divinas de diferentes categorías: Ángeles y Arcángeles, Querubines y Serafines, Patriarcas y Matriarcas, Profetas y Mártires, Apóstoles y Evangelistas, Laicos comprometidos y Sacerdotes, Obispos y Papas, Héroes y Heroínas de la Fe, Vírgenes y Doctores de la Iglesia, beatificados por el Señor...
Son el reflejo, el resplandor, el resplandor de la misma Santidad de Dios y de su gloria. Hay algunos a quienes Dios ha concedido gracias milagrosas en su concepción, en su nacimiento, durante su vida, en su muerte. La mayoría de ellos se dirigieron a Dios para pedirle una gracia especial que Él les concediera. Los beatos y los santos encarnan virtudes y cualidades que son características y signos distintivos de la santidad, es decir, la fe, la caridad, la fidelidad, la sencillez, la devoción, el espíritu de sacrificio, la abnegación, la donación total de sí a Dios.
Estas buenas almas pusieron su confianza completa en Dios Creador y Salvador. Imitaron a Cristo obediente, siervo pobre, casto, humilde y fiel. Discípulos de Cristo, habrán observado sus ordenanzas y preceptos; Habrán seguido el Vía Crucis y cargado sus cruces diarias para llegar al final del túnel de la gloria celestial. Ellos son aquellos que habrán lavado su ropa en la sangre del Cordero (Ap 7:14). Se llevaron la corona incorruptible de gloria (1 Ped. 5:4). Los santos son miríadas y miríadas que alaban a Dios, le adoran y le dan gracias eternas en el Cielo. Son miríadas y miríadas que interceden por nosotros y esperan que compartamos con ellos la gloria celestial. Son nuestros hermanos y hermanas que nos llaman, invitándonos a unirnos a ellos en la felicidad sin fin que disfrutan con Dios.
Estamos llamados a ser santos como nuestro Padre celestial que es Santo (cf. Lv 11,44). Puesto que Dios comunica su santidad a quienes están cerca de Él, tenemos interés en tratar de conocerlo verdaderamente, amarlo verdaderamente, consagrarnos totalmente, dedicarnos a Él en cuerpo y alma. Como la santidad es un don de Dios (2 Co 1:12), debemos contribuir a ella viviendo una vida perfecta que sea una imitación de Dios (Ef 5:1). Nuestra santificación resulta, en efecto, de nuestra pertenencia a Dios y de la fidelidad a su servicio (Rm 6,13) y al de su pueblo que es la Iglesia. La asamblea de todos los santos constituye la Iglesia.
La Comunión de los Santos, que es precisamente la Iglesia, la Comunión entre personas santas (CEC 946; 948), incluye a los santos del Cielo, a las almas del purgatorio y a los cristianos de la tierra que forman una sola Iglesia de Dios. La comunión con los santos nos une a Cristo, de quien mana toda gracia (LG 50). La comunión de los fieles se expresa mediante el intercambio de bienes espirituales (CEC 949 sv.) como los sacramentos, los sacramentales, las obras de misericordia, la caridad y la oración. Honramos a los santos en el cielo, les rezamos y ellos rezan por nosotros.
A través de nuestra oración llegamos en ayuda de las almas del purgatorio. Por su parte, ellos oran por nosotros. Todos los cristianos aquí en la tierra pueden ganar méritos a través de sus oraciones y buenas obras, según la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica. Los Santos, habitantes del Cielo, no cesan nunca de interceder por nosotros ante el Padre a causa de los méritos adquiridos en Jesucristo. Su solicitud fraterna nos es de gran ayuda en nuestras necesidades (LG, 49). Bien podemos confiar en ellos, porque son nuestros santos patronos, modelos, protectores e intercesores, cuyas virtudes tratamos de imitar y con quienes debemos contar.
Por eso nos dirigimos a ellos con sana piedad y devoción, confiándoles nuestras miserias, nuestros fracasos, nuestras desilusiones, así como nuestros agravios y nuestras esperanzas, para que los presenten al Padre eterno, su prójimo y su íntimo. Aunque es mejor dirigirnos directamente a Dios que a sus santos, estamos sin embargo convencidos de que la intercesión de estos amigos de Dios, nuestros semejantes en su mayor parte, es tan eficaz que sentimos su necesidad y nos beneficiamos de ella oportunamente.
Como nuestras oraciones se dirigen únicamente a Dios, los Santos sólo sirven de intermediarios, para que sean más agradables y favorables a Dios. Acerquémonos pues a ellos mediante la oración, para recibir salud, felicidad, paz y alegría en este mundo, antes de obtenerlas plenamente en el Cielo, por el poder que tienen con el Padre con la ayuda del Espíritu Santo, por Cristo Nuestro Señor. ¡Que así sea!
N.B.: A cada formulación de la gracia implorada le sigue el rezo de un “Padre Nuestro” por la sumisión a la voluntad de Dios, un “Ave María”, porque María está allí para apoyar esta oración, y un “Gloria al Padre”, para expresar, anticipadamente y en confianza, nuestro agradecimiento a Dios.
● Coronilla de San Miguel Arcángel o Coronilla de los Ángeles
Modificado : jue. 17 abr. 2025 - 08:00
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